
El otoño ya se ha instalado. Las castenyeres abren sus casetas, los panellets asoman la cabeza en panaderías y pastelerías y Halloween se pasea por Barcelona como si conociera la ciudad de toda la vida. Y hoy es el Día Mundial del Pan. Si cada cosa, animal, efeméride, muerto y concepto tienen su día, al pan le tocaba el suyo.
Desde hace cinco años, y fruto de la iniciativa de un ciudadano alemán, el planeta se está sumando a la conmemoración de esta pasta de harina, agua, levadura y sal que brinda tantas penas y alegrías. El pan está de moda y hoy se viste de gala. Cada uno a su ritmo, son muchos los países que van recuperando el gusto por el pan de verdad, bien hecho, con su sabor y sus cualidades.
En Vilanova i la Geltrú (Barcelona) hoy celebran la primera fiesta de panes del mundo: talleres, catas y maridajes para todos los públicos. Mientras, en Teruel, desde ayer profesionales de toda España están reunidos para discutir los retos de la profesión y pujar por conseguir nuevos panes con distintivos de calidad. Junto a los mencionados en el post anterior, el pa de pagès es otro candidato a conseguir una Indicación Geográfica Protegida (IGP).
Me doy un gustazo y me gasto nueve euros en pan. Un trozo de rosco gallego, un trozo de centeno francés y un trozo de L’illa, el pagès que venden a granel en la panadería Bou del centro comercial. Son panes preciosos, de corteza gruesa, crujiente, tostada y miga densa y suave. Panes con personalidad, con un leve toque ácido y buen aroma, perfectos para tostarlos ligeramente y untarlos con tomate y aceite.
Esta panadería ubicada en el sótano glotón de L’illa cuece muchos y muy correctos panes. Creo que tienen el obrador fuera de Barcelona, donde elaboran los productos que luego venden en sus tiendas y en grandes almacenes.
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